Extracto del Capítulo 6, El Dolor Oculto,

del libro de Luz Casasnovas,  La memoria corporal. Bases teóricas de la Diafreoterapia.

Ed. Declée de Brouwer, S.A., 2003.

(Con autorización de la autora)

R. es una mujer pequeña, de ojos grandes pero en absoluto frágil; habla y mira directamente. Llama la atención su fortaleza física, se diría que hace culturismo o natación para fortalecer la musculatura del pecho, hombros y espalda, mientras que sus caderas y piernas son más acordes con su tamaño.
Acude por dolor en la cadera y muslo derecho debido a una lesión llamada Espóndilolistesis, que pone en peligro sus nervios sacros así como la capacidad de caminar. La solución ofrecida por la medicina es operar sin ninguna garantía de mejora y si no se opera, la han amenazado con terminar en una silla de ruedas.
Más por intuición que otra cosa, no se opera y sigue paralizada en casa, de baja y baja de ánimo, consumiendo los antiinflamatorios y antiálgicos que poco o nada la alivian. Viene desesperada, esperando un milagro, dándose cuenta a la vez, de todo ello…
Tumbada me llama la atención la tensión de sus piernas que están fuera del eje y no tocan el suelo. Al tacto su sacro y columna lumbar no siguen una línea dulce y suave. Palpo un hundimiento pronunciado, doloroso. Sus hombros rotados hacia adelante parecen sostenerla con fuerza y su cuello cruje al tocarlo.
Para estirar y alinear sus piernas y zona lumbosacra intento levantarlas hasta la vertical, observando qué pasa en el resto del cuerpo.
Siente miedo del dolor que la acompaña al mínimo gesto de la parte inferior de su cuerpo, pero este no aparece ante su sorpresa. Lo que aparece es una rigidez de toda esa zona que el impide estirar sus piernas, si no es a costa de levantar el sacro y columna lumbar. Refuerza aún más sus hombros y pecho con los músculos del tórax, lo que le paraliza la respiración; siente que se asfixia porque no le entra el aire y una expresión en la cara que me invita a preguntarle qué está sintiendo y si quiere que la baje. - “No siento nada, es como si desde mi cintura a los pies no fueran míos, están fuera de mi control, les doy la orden de soltar pero no me obedecen”-.
Estirar las piernas le alivia y le termina de aliviar cuando libera sus hombros y descansan en el suelo.
Le pregunto cómo se siente y noto que su barbilla tiembla:- “Siento un poco de tristeza, no sé de qué”-. Luego pasa al cabreo: ha sentido impotencia. Me comenta su sorpresa ante la tristeza, no suele sentirla nunca.
 A la siguiente sesión llega habiéndose dado cuenta de la fuerza que ha puesto para todo, gracias a los sueños que ha tenido durante la semana. Al preguntarle por ellos  les extraña el sentimiento de inseguridad  que predominaba, cuando ella se siente y es una mujer segura.
Me cuenta  una situación de su infancia que ya ha trabajado  en otra terapia y cree tener superada.
A los seis años un hombre la intentó violar en el zaguán de su casa. Recuerda la situación: Un bulto negro grande, otro pequeño la sujetaba en el aire, con sus manos en el cuello para asfixiarla, ella pataleaba  para librarse de aquello, luego una puerta, una vecina  y su perro que sin saberlo, la salvaron del horror… Después, subir a cuatro patas la escalera hasta  su casa, sola…
Puedo imaginarme a la niña, colgando de su cuello  y me surge la sospecha si fue en ese momento cuando se rompiera su vértebra, desplazando toda la zona lumbo-sacra, aunque sólo es una suposición.
Sigue contándome en un tono de voz y expresión de cara que da la impresión  de una distancia infinita, como si no le hubiera  pasado  a ella, como si no tuviera  ningún efecto  sobre sus sentimientos.
Después del silencia familiar y social en torno a eso, la hizo sentir culpable  y renunciar a la inocencia, a la fragilidad, a la debilidad, al contacto físico a los demás… Se siente una mujer con mucha capacidad de trabajo, de hecho habla de él como casi lo más importante de su vida, mientras que las relaciones con los demás las mantiene a una cierta distancia.
Durante las sesiones se da cuenta que para ella soltar es forzar, dejar caer es empujar, respirar es mandara; todo, desde su cabeza es un trabajo.
Cuando empieza a respirar le duele el sacro. Les estiro las piernas lo que alivia el dolor. Le intento ayudar a soltar sus hombros que parecen sostener el mundo así como su gran dorsal, los pectorales y los músculos profundos del cuello. Le pido  que cruce los brazos con los codos hacia el techo my en la espiración, sople tirando de ellos.  Que suelte sus hombros mientras le mantengo sus trapecios inhibidos. Deja de respirar, no sabe ni encuentra la fuerza en sus manos, levanta el sacro que empieza a molestarle…
Se le cambia la cara, le sube la emoción pero no la expresa. Su cuerpo tiembla como una hoja ante un vendaval, no sabe lo que le pasa, pero no está asustada. La acompaño y se va tranquilizando. Cuando se levanta para vestirse, el llanto sale de su garganta como desbordado, se derrumba y llora; -“No sé por qué lloro, no me duele el sacro, me siento bien, pero tengo una tristeza profunda que desconozco”-.
A menuda que su sacro va callando su dolor, el resto del cuerpo empieza a dar señales de vida. Entonces lega quejándose, unas veces de su cuello, de sus hombros, otras son los tobillos o los pies, de forma que las señales corporales que no eran percibidas por la intensidad de la del sacro, pueden ser conocidas y sentidas. Ella no lo vive así, quiere quitarse sus dolores  y que ¡sea ya!, con una exigencia que la coloca físicamente en la situación antigua… Pero ese entrar  y salir de una situación física nueva, hace reconocer la antigua y comparar.
Durante la semana, entre cada sesión, elabora y reflexiona sobre sus sensaciones físicas y todas las emociones, con su explicación lógica a ellas ligadas, lo que le facilita “explicar y explicarse” a sí misma, tan racional y tan necesitada de poner palabras a todo.
Una semana ha descubierto que ella “sabe” sus sentimientos pero  no los siente, sabe que dice cosas bonitas y que puede ser amable, pero nunca “siente” desde el corazón. Se “siente” acorazada y aprisionada. Le pregunto: -¿por quién o por qué?- “Creo que por mí misma, por mi historia. Me siento prisionera en este cuerpo”-…
A medida que vamos moviendo la parte de arriba de su cuerpo, la que le ha defendido de un sufrimiento callado durante treinta años, se le hace más evidente que cada vez está más cerca de descubrir la dinámica que provocó todo ello.-“Aunque me asusta, me fascina y quiero saber” –me dice, emocionada.
Un día llega satisfecha: -“He vuelto a oler la ropa limpia de cuando era niña”-. Sé que significa que su cerebro está recibiendo nuevas señales corporales, dormidas o inhibidas por una rigidez que empieza a desvanecerse.
Aunque todavía sigue peleando entre dar un orden o sentir su cuerpo y dejar que se mueva, el trabajo va progresando  y le voy proponiendo nuevas posturas para mover lo que esta fuera del eje o lo que no se mueve con la respiración. Su sacro responde doliéndole cada vez menos, lo que aumenta su confianza en mí, en el método y sobre todo en sí misma.
El trabajo sentada, una postura dura y cansada para alguien con el sacro dañado, se lo propongo para intentar soltar su parte de arriba que sigue en la fuerza. Le pido respirar profundo y despacio, colocar sus manos en el pliegue del codo para soltar sus hombros, dejar caer el peso en las nalgas y piernas, así como dejarse ir hacia atrás, en un acto de confianza en mí que la sostengo para que no se caiga ni se haga daño, lo que produce conflicto de nuevo: “Esta situación no la controlo con la fuerza, no sé qué otra cosa hacer” y estalla en un llanto incontrolable…
Ya conozco esa cara de impotencia que le desencadena tanta rabia, le pregunto. - ¿Qué puede pasarte si sientes la impotencia?-.
-“Voy a desaparecer”- y ante su respuesta espontánea e inesperada, se asusta y me mira incrédula. Se afirma sobre la silla con todo el tórax, ayudada por una expresión de dureza que hace con la mandíbula y los ojos y me dice: -“Salgo de mí, soy otra, me convierto en una que hace lo que se espera de ella, no lo que quiere hacer. Aunque mi sacro protesta y me duele”-.
Así, poco a poco, va evidenciando que su tristeza y la que siente, son incompatibles con la madre, esposa, trabajadora, amiga… que conviven. Empieza a relacionar la tristeza profunda que sintió, con esa batalla abierta entre dos deseos de ser que se muestran antagónicos pero que no sabe conciliar. Sin embargo son dos ellas que necesitan convivir en armonía, para que no haya dolor ni patología.
- ¿Recuerdas cuando dejaste de ser la sensible, la vulnerable?
-“Lo sé, me contesta segura, fue una cosa aquí dentro que siempre siento” – y señala con el dedo índice el corazón, dibujando un agujero, -“Sentí que estaba sola, a raíz del episodio que te conté. Mi familia silenció todo como si no hubiera pasado. Me di cuenta que no podía contar con nadie, que no me iban a dar lo que necesitaba y decidió que tenía que ser fuerte y dejé de sentir, de expresar. Me hice dura, muy dura”-.
-De acuerdo, esa es la consecuencia, ¿pero qué juraste?-, le pregunto.
Se queda pensativa: -“Juré que nunca nadie me abandonaría jamás y por eso no he querido a nadie, a nadie”-.
Su voz se ha ido haciendo más suave y bajita y su expresión muestra la sorpresa de tener la convicción de que ahí empezó todo.
A esto le llamo el juramento de Escarlata. Sí, la Escarlata de O’Hara de “Lo que el viento se llevó”. Viendo por enésima vez el episodio de Tara, en el que toma tierra reseca y la levanta con mirada furiosa al cielo clamando: ¡A Dios pongo por testigo, a Dios pongo por testigo, que nunca más volveré a pasar hambre!, se me hizo una luz y comprendí que todos, en algún momento de nuestra vida, generalmente en la niñez, tomamos una decisión salomónica que nos divide y trocea de forma brutal, para salvarnos de algún sentimiento o situación que se nos hace insostenible. Juramento que arrastramos hasta que no nos es útil y empieza a producirnos incompatibilidades e incoherencias.
EN la película dibujan a una Escarlata que para llevar a cabo su juramento, deja de llorar o emocionarse, deja de añorar a su madre, se hace fuerte y cruel con sus hermanas, pierde la noción del bien y del mal, incluso mata para conseguir superar el sufrimiento.
Ahora ve claramente los dos personajes que conviven en ella.
-“! Pero, yo soy muchos personajes ¡-.
-Sí, pro se tienen que llevar bien. Si uno de ellos se pelea, hay conflicto y dolor-.
Seguramente, recuperará su personaje en el punto que lo dejó: seis años, inmadura, frágil y vulnerable y tendrá que compatibilizarlo con el mundo de adulta que ha creado: familia, amigos, trabajo…
Después de bastantes meses de trabajo, sigue culpando a su sacro de toda su desdicha, con razón o sin ella. Yo sin embargo lo palpo bien, en armonía con el resto de la columna y móvil, por lo que me asombra que siga con sensación de no poder.
LE sugiero que vaya moviendo su sacro como en un juego buscando lo que le apetece, desde lo lúdico y no desde la obligación, a la vez que movilizándole los tobillos y los pies, el sacro baja al suelo y se alinea más rápidamente.
Empieza a dormir toda la noche, a reírse, se siente capaz de salir, de quedarse fuera de su casa, de caminar y limpiar, en fin se incorpora a su vida que tenía reducida a su zona sacral.
La primera vez que como respuesta a mi pregunta me contesta que se encuentra muy bien, la miro dos veces por si no es la persona que conozco: brilla, sonríe y parece otra.
Empezamos a trabajar en otras posturas que antes su dolor nos hacía muy difíciles. Así descubrimos que sus vértebras dorsales 7ª y 8ª están cifóticas y no se mueven. Desde que tiene que respirar ampliamente y soltar sus hombros, le surge un dolor agudísimo que nos impide seguir trabajando.
Son vértebras muy importantes para el movimiento del diafragma y de músculos tan fuertes como el gran dorsal o los trapecios, así como para respirar abriendo las costillas y moviendo el esternón. Es importante para ella que se apoya en esta musculatura para obtener su fuerza, así que le propongo trabajarlos en la postura sentada, con los brazos en la pared; trabajo ciertamente duro y penoso, pero eficaz.
En parte, de broma y en parte, para reconciliarse con ellas, las bautiza con el nombre de “mi bisagra”, a la que tiene que engrasar y desoxidar porque la siente herrumbrienta y rígida.
Como es tan eficaz, se mete en el trabajo corporal pero cuando llega el momento de estirar su columna, hasta el cuello y cabeza, y movilizar esa parte de la espalda, el dolor aparece y estalla en llanto: “Vuelve la sensación de impotencia e indefensión”. Sentimientos incontenibles e incontrolables. Precisamente las sensaciones que más dificultad tiene en vivir. Quizá su bisagra nos dé pistas…
A pesar de ello, su bisagra se va moviendo y empieza otra etapa en el trabajo: Su sacro está bien, ya no le molesta, ha colocado múltiples cuestiones en su vida. Lo que le queda, quiere hacerlo más despacio, vendrá más espaciadamente… Estoy de acuerdo, tiene que venir cuando ella quiera.
Su bisagra no opina lo mismo.
Después del trabajo sentada, las nuevas sensaciones le abren la curiosidad de qué pasa en ella; qué tiene que saber de ella misma que su bisagra “sabe” y ella no… Continúa viniendo con la misma frecuencia, quiere descubrir…
Hoy ha llegado bien, aunque su cara no me parece expresar lo mismo. Me cuenta que ha tenido un sueño, la noche de la última sesión. La despertó el miedo y ya no pudo conciliar el sueño. Lleva sin dormir toda la semana, dándole vueltas a su situación de desamparo e indefensión, de la que culpa a su familia y a la que achaca todos sus males. Esta situación es la que siguió al intento de violación, cuando era niña.
Me explica el sueño y al preguntarle y al preguntarle lo que sintió en él, me dice: -“Angustia y asco”-. Recordé que ya una vez salió el asco en otro sueño y que no relacionó con nada. Se lo digo y lo recuerda, así que le pregunto: -¿Qué te da asco en el sueño?-.
-“No lo sé”-.
Cae en la cuenta de que en su vida cotidiana casi nada le produce asco, me cuenta que podía bañar a su abuela, porque sus olores y secreciones no le repugnaban. Le recuerdo que me habló de su asco a ciertas relaciones con los hombres, así que surge la situación que dio lugar a ese asco: la violación. No recuerda sentir asco, sólo miedo, rabia y necesidad de defenderse.
-Es lógico que olieras algo: quizá a tabaco o alcohol…-
Me mira, los ojos abiertos, casi desorbitados, con expresión de gravedad: -“¡Olía a hombre! – y se echa a llorar, dándose cuenta de la magnitud de lo que ha descubierto.
Es posible que su asco viniera de entonces, pero por razones que desconocemos no había hecho consciente esa incapacidad para sentirlo. Simplemente, no tenía olfato ni sentía asco.
“Desde que la enfermedad estalla, en realidad es un drama el que se desvela, un silencio que habla con la violencia del síntoma” (M. Mannoni, Ce qui manqué á la vérité por être dite, Ed. Denoël, París, 1988).
Inmediatamente, se le desencadena el dolor conocido en la bisagra, así que la invito a tumbarse para ver lo que pasa. Se tumba y empieza a temblar, casi de forma convulsiva.
Le pregunto. -¿Es miedo?-
-“No, miedo no es”-
Le pido que respire pero –“El temblor, dice, no me deja”-.
Quiere pararlo con una orden de su cabeza, así que le sugiero que intente llegar a un acuerdo entre la cabeza que manda parar y su cuerpo que necesita temblar, para que no haya más guerra. Poco a poco se va tranquilizando y su respiración se alarga y profundiza.
Está en el aire, lo que compruebo pasando mi mano entre su espalda y el suelo. Sólo apoya el sacro que curiosamente no se ha salido de su sitio, y las vértebras D7-8 que sieguen cifóticas. El cuello lateralizado a su izquierda, las piernas abiertas y los pies en alas de mariposa: vencidos hacia fuera y en extensión.
Ayudándole a soltar la musculatura de la espalda y relajando la musculatura del intestino, se va apoyando en el suelo en el suelo con todo su cuerpo, lo que compruebo con mi mano que ahora no entra... Su cara va cambiando  de expresión a la par que su cuerpo.
Le pregunto cómo se encuentra: -“No me duele la bisagra, estoy sorprendida, triste y serena. Todo eso a la vez, Más que sorprendida, estoy fascinada por este trabajo”-…
A medida que recupera su estar dice que también siente ira, por lo que le pasó. Dolor, por el tiempo que ha estado sin poder acceder a ello. Posiblemente, empiece a desvelar cosas que llevan mucho tiempo ahí.
Es probable que la movilización de la musculatura que mantenía en cifosis sus vértebras dorsales, haya permitido que su memoria recupere las sensaciones y recuerdos a ellas ligadas, en el momento que las bloqueó, es decir a los seis años y en aquel zaguán.
Ha pasado la semana revuelta, con insomnio y rabiosa. Quiere saber lo que pasó: Ha empezado a investigar, leyendo los periódicos d la época, preguntando a su madre y hermana. Así ha ido sintiendo y recuperando sentimientos, emociones, sensaciones que estaban en ella, tapados y atrapados y que  por desconocidos, no ha podido resolver. Ahora siente que puede y quiere colocar este pasaje de su historia, para que no vuelva a molestarla.
Ella hablaba de los sentimientos de abandono e indefensión que sintió cuando en su familia se optó por el silencio absoluto en torno al hecho y se dio por bueno el olvido, cuando ella, una niña, no había olvidado nada o así lo creía.
Seguramente, estos sentimientos, abandono e indefensión pudo vivirlos y le sirvieron para tapar y disminuir los otros, aquellos que ahora sentía y que sintiéndose sola, no pudo nombrar: Ira, asco, rabia, desprecio, ansias de venganza, tristeza, vergüenza. Sentimientos que a lo largo de su terapia no había sentido en absoluto o con cierta dificultad. Ahora salen a borbotones y son difíciles de vivir.
No sólo son sus sentimientos y sensaciones corporales, salen todas las pequeñas historias relacionadas con ello: la casa, las amigas, los vecinos, la ropa, la comunión, el colegia… Recuerdos que ¿dónde estaban?
Ahora tiene la oportunidad de hacer, decir y pensar todo aquello que le provocó el ataque de un adulto pero que, por su edad e indefensión no pudo hacer. Y puede hacerlo desde la adulta que lo descubre y siente, no desde la niña que lo sufrió. Desde el ahora, no desde el ayer. Dándole las soluciones sucesivas a cada cosa que le pase ahora, puede colocar las que pasaron ayer.
Después de contarme lo sucedido esta semana, le duele la cabeza, le pregunto por su sacro, nuestro barómetro fiel de su estado: -“Está, pero no me duele”-.
Tumbada, su sacro y zona lumbar están en el suelo, en una curva armónica, sin embargo, su cuello, lateralizado, su respiración acortada, sus hombros rotados y levantados y su espalda en el aire me confirman que está contrayendo arriba, como ha hecho siempre para proteger el dolor del sacro.
Al llevarla al eje y colocarle la vértebras cervicales, recuperando su respiración y sensación corporal, se le alivia el dolor, se tranquiliza y su respiración se hace más lenta y profunda.
Ahora tiene mucho trabajo por delante, pero lo puede realizar porque las herramientas están preparadas para ello, herramientas físicas, psíquicas y afectivas.

 

El dolor oculto

La aparición de un dolor desconocido, en este caso el dolor dorsal, a raíz de la alineación del cuerpo es lo que Meziérès llamó: reflejo antiálgico a priori o dolor oculto.
Como hemos visto, R. llega con un dolor en el sacro que se produjo a los seis años  y que estuvo son darle síntomas, alrededor de treinta. Cuando se acerca al eje y recupera la movilidad de muchos grupos musculares que estaban fijados, aparece otro dolor, el de las vértebras dorsales, en otra zona lejana, aparentemente sin relación uno con otro.
El proceso es así: Esta niña se defiende de una violencia cometida por un adulta desde la indefensión y la impotencia, puesto que el otro era más grande, más fuerte y más todo. Esta defensa la realiza como puede poniendo toda su fuerza y capacidad, aunque la victoria es lejana. A pesar de eso la defienden otras circunstancias, con lo que ella puede salir victoriosa de la situación, sumida en un estado físico, afectivo y psíquico, intenso y difícil de soportar. Para disminuir esa sensación de sufrimiento insoportable, el cuerpo habilita contracciones musculares que dificultan los movimientos, cuya finalidad es disminuir las sensaciones que llegan al cerebro. Atenúan no sólo el dolor físico, sino también las emociones y los pensamientos y memoria.
Cuando ella aparece en la consulta se queja del dolor en el sacro, no percibe una sensación dolorosa en otro lugar. Al llevarla al eje e impedirle contraer los músculos del sacro, la contracción se rueda a otras zonas, pero la que duele es la más contraída, en este caso, su bisagra. Le duele, se hace presente, pero ha estado años sin dar síntomas. Es un dolor oculto.
Desde que las vértebras dorsales cifóticas y rígidas se empiezan a mover, lo que ocultaban se muestra: las circunstancias que rodearon al hecho e infinidad de detalles que ahora le parece imposible haber olvidado. Y surge con ello la certeza de que esa rigidez dorsal la protegió de un dolor psíquico y afectivo que se hizo al mismo tiempo que el dolor físico en el sacro.
Al aparecer el dolor oculto y resolverlo movilizando la musculatura que mantenía cifosadas las vértebras, también se mueve y aparece lo ligado a ellas: Las circunstancias que rodearon la violación y sobre todo, aquellos sentimientos, recuerdos, palabras, personajes, emociones, que resultaban insoportables para la niña y su familia y que se silenciaron, se apagaron, por tanto no se resolvieron.
Ahora al reconocerlos, puede “actuarlos” y actualizarlos, dándoles una solución personalizada, la que ella necesita y quiere en este momento y se resuelve la totalidad de la cicatriz que llevaba en su cuerpo y que el impedía un desarrollo integral.